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Publicado el 27 Marzo 2018
Homilía del Arzobispo del Cusco con ocasión de la Solemne Misa Crismal de Martes Santo

Estimados hermanos en el sacerdocio, nos unimos a toda la Iglesia universal que el día de hoy celebra un año más el Misterio del Sacerdocio de Cristo, don y Misterio que el Señor nos ha dejado como fruto de su Misterio Pascual y del cual somos partícipes por nuestra Ordenación Sacerdotal.
Queridos sacerdotes, estamos reunidos en torno al altar del Señor para decirle a Jesús vivo entre nosotros: aquí estamos Señor, los que hemos perseverado en la misión que tú nos confiaste, hemos venido para darte gracias por el don de la fidelidad y de la perseverancia a nuestra vocación.
Frente a esta actitud nuestra, vienen a mi mente tres momentos del Evangelio, de la experiencia de Jesús con sus discípulos:
  • Cuando Él predicó el hermoso discurso del Pan de Vida, muchos de sus discípulos se retiraron porque ellos decían “estas palabras son muy duras, quien puede seguirlas”, el Señor al ver esto, puso su mirada en un grupo de ellos y les dijo: “¿ustedes también quieren irse?”, Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: “Señor a quien vamos a ir, Tú tienes palabras de vida eterna, Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.
  • Cuando Jesús curó a diez leprosos que le imploraban misericordia frente a sus llagas y sus enfermedades, solo uno le dio gracias y Jesús preguntó “y los otros nueve, ¿dónde están?”.
  • Cuando, después de su resurrección, por tercera vez le preguntó a Pedro: ¿Pedro, me amas?, consternado le contestó: “Señor, Tú me conoces, Tú lo sabes todo y sabes muy bien mis debilidades, miserias y errores, y Tú sabes bien que a pesar de todo eso yo te amo”.

Hermanos sacerdotes, con esta misma actitud que hemos venido esta mañana a decirle al Señor que somos felices con el sacerdocio que Él nos ha dado, hemos venido a pedirle perdón y misericordia, porque a pesar de nuestras miserias humanas sabemos que Tú nos amas y que nosotros te amamos y que no te dejaremos ni te abandonaremos, porque el regalo más grande que nos has dado es haberte conocido, haberte amado, haber decidido seguirte y así nos has hecho tus sacerdotes.
Vamos a retomar nuestras promesas sacerdotales para decirle que queremos vivir nuestro sacerdocio motivados por las enseñanzas del Papa Francisco que nos ha mostrado el modelo del sacerdocio para la Iglesia universal y para los tiempos que estamos viviendo y también queremos vivir nuestro sacerdocio en la Iglesia local del Cusco, motivados por el Plan Pastoral que estamos prontos a ejecutar.

Queridos sacerdotes, estamos aquí para manifestar a nuestro pueblo que somos sacerdotes de Dios y estamos al servicio de su pueblo, por eso el Papa insiste en que cada sacerdote tenga olor a Dios y olor a las ovejas.
El Papa Francisco nos recuerda que nuestro sacerdocio, hoy más que nunca, debe VOLVER AL EVANGELIO, a ser conscientes de que nos hemos configurado con JESÚS por nuestra Ordenación Sacerdotal y tendríamos que preguntarnos ¿con qué Jesús nos configuramos?, y la única respuesta que nos da el Santo Padre es “con el Jesús del Evangelio”, con aquel que nació pobre y murió pobre entre los pobres, con aquel que salía presuroso a recorrer los pueblos anunciando la buena nueva y proclamando el Reino de Dios, con aquel que formó a sus discípulos y los envió a la Misión, con aquel que se hizo hermano y compañero de su pueblo, que aprendió a curar enfermedades y toda clase de dolencias, físicas y morales y pasó por la vida haciendo el bien y así devolvió la esperanza a su pueblo: Dios con nosotros; que llamó a todos a la conversión, a un cambio de vida y mentalidad, y perdonó setenta veces siete, a nadie le excluyó de su amor. Aquel que, por obediencia al Padre y por amor a todos, se entregó a la muerte para salvarnos a todos y al final de su existencia triunfó sobre todo, con su Resurrección nos ha dado una vida nueva, un pueblo nuevo, un nuevo sacerdocio para servir a la vida de su pueblo.

Por eso, querido sacerdote, estamos llamados a estar configurados con este Cristo, Jesús de Nazaret, el del Evangelio, evitando las tentaciones al clericalismo, evitando caer en el mundanismo, es decir contagiarnos de aquella sensación de poder, del tener y del placer, que hoy en día puede desfigurar el rostro de Cristo en sus sacerdotes, de aquellos afanes del carterismo clerical que busca solamente puestos, cargos, nombramientos y nos olvidamos de que somos siervos y servidores, lo que tanto critica hoy el Papa Francisco y lo dice sin prejuicios: la doble vida que pueden llevar algunos sacerdotes, las murmuraciones y chismes clericales, hacen mucho daño y rompen la fraternidad sacerdotal.

Nuestro sacerdocio en la Iglesia local cusqueña, que abarca nuestras 84 parroquias en toda la jurisdicción eclesiástica, está llamado a dar testimonio del ideal de Iglesia que queremos edificar: una Iglesia de comunión, formadora de discípulos misioneros y servidora de la sociedad por la solidaridad, la misericordia y la caridad.
Esta tarea evangelizadora no tendrá resultados efectivos, si no hacemos vida este ideal en nuestro sacerdocio, frente al Plan Pastoral, el sacerdote está llamado a ser hombre de comunión, formador de discípulos y misioneros y a ser servidor de sus hermanos en la solidaridad y la misericordia.

El Sacerdocio que vamos a renovar en esta Misa Crismal 2018, que sea un compromiso a recorrer en nuestras vidas el camino del discipulado misionero, para ser nosotros los primeros discípulos misioneros de Jesucristo, el Buen Pastor:
  1. A buscar y encontrarnos con Jesús siempre, en la oración, en el cultivo de la vida espiritual, en el servicio litúrgico que ofrecemos y la reflexión de nuestra vida desde la lectura orante de la Palabra de Dios, para poder decir a todos ¡HEMOS ENCONTRADO AL MESÍAS!
  2. A estar en permanente conversión al Señor, luchando contra todo aquello que puede poner en peligro nuestra amistad y configuración con el Cristo del Evangelio. Nuestra confesión frecuente y la dirección espiritual nos ayudará siempre.
  3. A ser discípulos permanentes del Maestro, preparándonos bien para guiar a nuestro pueblo como discípulos de Cristo, preparando bien las homilías y las celebraciones litúrgicas, preocupándonos por estar actualizados en el magisterio de la Iglesia y en todo aquello que mejore nuestro servicio al pueblo. A priorizar la formación permanente.
  4. A ser constructores de una comunidad eclesial, primero entre nosotros, Obispo y Presbiterio, en comunión con nuestros hermanos y hermanas de la vida consagrada y con todos los laicos. Estamos llamados a ser constructores de comunidad y fraternidad.
  5. A amar a nuestras comunidades parroquiales, como Cristo ama a su iglesia y se entrega por ella. A no caer en la tentación del “adulterio clerical” o en la infidelidad a tu comunidad parroquial, deseando otras comunidades y despreciando a la que Dios te ha confiado. Renueva tu amor al pueblo que Dios ha puesto en tus manos, ámalo así como es y camina con él, delante, en medio y detrás.
  6. A ser los primeros en dar el paso a la Misión, no olvidar la Palabra del Señor a sus discípulos que quedaron dormidos: ¡VAMOS, LEVÁNTENSE!, y a los discípulos en el Monte de Galilea: ¡VAYAN, YO LES ENVÍO!, recordemos que los sacerdotes somos los primeros llamados y enviados a ser misioneros.
  7. A asumir todos los retos y desafíos de la Misión, ahí está el secreto de nuestra vocación misionera y el secreto para la mejor promoción vocacional: sacerdotes felices de ser misioneros de Cristo. Ahora que estamos en el Año Misionero de la Cultura Vocacional, nuestra vida, rostro, gestos y actitudes, serán la mejor prueba de esta vida feliz a la cual Dios puede llamar a muchos jóvenes
  8. Estamos llamados a salir, esto debe romper cualquier tentación de quietismos, desánimos, comodidad, no queremos sacerdotes comodones, que busquen tenerlo todo para recién hacer algo. No olvidemos lo que el Papa Francisco dijo sobre la Iglesia accidentada, lo mismo diríamos de los sacerdotes, preferiríamos tener sacerdotes accidentados por la vida pastoral que sacerdotes que se han quedado en sus parroquias sin salir. Esto es fundamental para dar testimonio de nuestra vocación, alegres en el servicio de Dios, aunque muchas veces golpeados, pero por amor a Cristo.Este es el sacerdocio que nuestra Iglesia local necesita para hacer efectivo el Plan Pastoral, y nos debemos comprometer todos, Obispo y sacerdotes, pues estoy seguro que nuestro pueblo orará por ello.
Por último, antes de renovar nuestras promesas, quiero pedir perdón a mis hermanos sacerdotes si en estos tres años no he sido el Pastor que esperaban, perdón si les he ofendido o maltratado con alguna palabra, algún gesto o alguna decisión, yo también tengo debilidades; por eso haré el esfuerzo de mejorar mi servicio, soy consciente de que ahora que ya tenemos una ruta pastoral comunitaria, tenemos el reto de construir juntos el presbiterio que nuestro pueblo necesita.

Que nuestra amada Virgen María, venerada en tantas advocaciones de nuestro pueblo, nos acompañe, guíe y sostenga en nuestro ministerio.

Que así sea.

+Richard Daniel Alarcón Urrutia
Arzobispo Metropolitano del Cusco

 

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