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Palabras del Pastor
Cusco 18 de Noviembre 2012

XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario
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Muy queridos hermanos. 

Estamos a mediados de noviembre, el próximo domingo celebramos a Cristo Rey y termina el año litúrgico: Yo quiero fijarme en esta ocasión, en la segunda lectura de la Misa tomada de la Carta a los Hebreos,  porque dice algo muy importante: “Está sentado a la derecha de Dios y espera el tiempo hasta que sus enemigos sean puestos como esclavos a sus pies, con una sola ofrenda de su cuerpo y su sangre, ha  perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados, donde hay perdón no hay ofrenda por los pecados, el sacrificio de Cristo nos ha perdonado todos los pecados, de toda la humanidad, desde siempre y para siempre”.

Él se ha ofrecido, pero nosotros los pobres hombrecitos, somos sucesivos, vino una generación, después otra generación y otra generación; y, entonces, necesitamos que ese sacrificio de Cristo en la Cruz, de alguna manera, se haga presente cada día, ese sacrificio se actualiza para nosotros en la Santa Misa y hace falta que alguien lo actualice y el mismo Señor se busca a sus sacerdotes. 
 
 San Marcos cuenta que cuando eligió a los doce apóstoles, llamó a los que quiso, “nos ha  llamado a los que Él quiso”, para que nosotros actuemos; no es fácil, el término técnico es “in persona Cristhi” (impersonando a Cristo). Le prestamos al Señor nuestras manos y nuestra lengua, para que Él, a través de nosotros, actualice su sacrificio. Eso es la Misa, el sacrificio de Cristo que se actualiza para nosotros, se hace presente para nosotros; por eso, allí se hace presente sacramentalmente en la “Hostia Consagrada”, en el “Vino Consagrado”, que dejan de ser pan y vino para ser el cuerpo, sangre, alma y divinidad de Jesucristo, que se nos entrega como alimento.

Es verdad cuando se dice que todos somos un pueblo sacerdotal, porque todos estamos, por el bautismo, capacitados para ofrecer nuestros propios sacrificios, es lo que se llama el “sacerdocio universal de los fieles”. Todos los bautizados tienen ese sacerdocio y pueden ofrecer a Dios su propio sacrificio, pero, los que hemos recibido el Sacramento del Orden (el sacerdote y el obispo) ofrecemos en la Misa, el sacrificio de Cristo. Esa es la diferencia del sacerdocio común de los fieles del sacerdocio ministerial como lo señala el Concilio Vaticano II: que son distintos, no solamente en grado, sino esencialmente distintos.

Pídele al Señor que te haga entender este misterio, esta razón, al Espíritu Santo que está dentro tu alma en gracia y a la Virgen María, madre de Dios, para que cuando comulgues lo hagas con verdadera devoción.

Queridos hermanos, que Dios nos bendiga a todos.

+ Juan Antonio Ugarte Pérez
Arzobispo del Cusco

 


 
 
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