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Palabras del Pastor
Cusco 2 de Agosto 2015

XVIII Domingo del tiempo ordinario (Jn 6,24-35)
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Queridos hermanos y hermanas: Nuevamente nos reúne la palabra del Señor. Mi saludo cariñoso a todos y cada uno de ustedes, que la bendición de Dios les haya acompañado todos estos días.
 
Este domingo complementamos el mensaje del domingo pasado, no olviden que estamos siguiendo el Evangelio de San Juan, y San Juan es un evangelista que profundiza mucho el mensaje detrás de las imágenes que nos presenta en sus escritos, San Juan es muy profundo, es el evangelista que ha entrado a penetrar el misterio de Jesús.
 
El domingo pasado nos presentaba el milagro de la multiplicación de los panes, pero a partir de este hecho, que para San Juan es un signo, un signo del Reino de Dios y un signo de que Jesús es Dios, ahora nos lleva este mismo hecho a otro tipo de multiplicación, ya no es el pan material, ahora Jesús nos lleva a reflexionar que hay otro alimento, no solamente el alimento que llena el hambre de la persona, sino el alimento que llena el corazón, el espíritu.
 
 “No solo de pan vive el hombre”, ahora Jesús pasa del compartir el pan material a compartir el verdadero alimento, que es el pan espiritual; y es hermoso este misterio de que Jesús escoge el alimento del pan para poder identificarlo con su persona, y nos dice: “Yo soy el pan vivo que el Padre ha enviado al mundo para darle vida”. Aquí está la profundidad de lo que significa esta multiplicación de los panes; así como compartimos el pan material con los más necesitados, así Dios viene a compartir el pan espiritual, Él es único que puede saciar el hambre espiritual del hombre, Él se muestra como alimento, y a través de este milagro va preparando terreno para que luego los discípulos y luego la Iglesia, entienda la necesidad de este nuevo alimento para poder desarrollarnos integralmente, no solo corporalmente sino integralmente, cuerpo y espíritu. Tenemos que preocuparnos de alimentarnos espiritualmente, Jesucristo es el alimento de Dios, un alimento que nos sacia nuestra hambre del amor de Dios, es un alimento que nos fortalece en la fe, es un alimento que nos da la fuerza necesaria para poder poner en práctica el mandamiento del amor.
 
Este domingo la palabra del Señor nos conecta con la Eucaristía, esta celebración de la comunidad cristiana que cada domingo se reúne en el nombre del Señor. ¿A qué se reúne?, a alimentarse, se alimenta primero de la palabra, con el mensaje que cada domingo el Evangelio nos llena el corazón, y segundo, el pan de la vida en la comunión con el cuerpo de Cristo. Jesús en este hermoso misterio nos espera para poder brindarnos como alimento su amor, su presencia; Él quiere llegar al corazón y llenar nuestro corazón con la presencia de Dios.
 
Cada domingo que vamos a la Misa, querido hermano, querida hermana, piensa que vas a encontrarte con alguien y lo vas a recibir en tu corazón. Cuando llegue el momento de la comunión Jesús dice a todos los reunidos en la asamblea de la Eucaristía, “Yo soy el pan de la vida”, y eso es lo que buscamos, acercándonos, alimentándonos del pan de la vida, ¿y para qué necesitamos alimentarnos de este pan de la vida?, para poder tener el corazón lleno del amor de Dios, ese amor de Dios que tenemos que llevarlo al hogar, a la familia, a las relaciones entre los esposos, a la relación con los hijos, a la relación con los hermanos. La Eucaristía tiene que convertirse en vida llena de amor, el que comulga a Cristo se llena de Cristo, comparte a Cristo. Así como el domingo pasado veíamos el compartir del pan, ahora hay que compartir otro pan, el pan de Cristo, el pan de la vida; el que se llena del amor de Jesucristo tiene que compartirlo con los demás, y esa es la solidaridad más grande en el mundo.
 
En la sociedad en que vivimos hay mucha hambre de Dios, hambre espiritual, y nosotros tenemos que saber compartir ese Cristo que recibimos en el corazón a través de nuestras muestras de amor, de solidaridad con los demás.
 
Querido hermano, querida hermana, que cada Eucaristía sea para ti este encuentro maravilloso con Jesús, aliméntate de Él, haz que tu corazón se llene del amor de Él, la verdadera Eucaristía es cuando tú lo compartes con los demás, en tu casa, en tu trabajo, en la sociedad. Que el amor de Cristo llene tu vida todos estos días y aprendas a compartirlo con los tuyos; que la bendición de Dios te acompañe en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.       

+ Richard Daniel Alarcón Urrutia
Arzobispo Metropolitano de Cusco


 


 
 
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