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Palabras del Pastor
Cusco 9 de Octubre 2011

XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario
'Ese banquete es la Santa Eucaristía, a la que todos estamos invitados'

Muy queridos amigos.

Hoy, el Evangelio de San Mateo nos habla de otra parábola del Señor: “El reino de los cielos se parece a un gran banquete de bodas del hijo del Rey, que mandó a los criados a convidar a los invitados que se fueron excusando y no quisieron ir al banquete, unos por una cosa y otros por otra. Y el Señor se enfadó y les dijo a los criados: la boda está preparada, pero los convidados no se lo merecían, vayan por los caminos y conviden a la boda a los que encuentren. Los criados salieron y reunieron a todos, malos y buenos, y se llenó la sala de comensales. Entró el Rey a ver como estaban y reparó a uno que no llevaba vestido de fiesta y le preguntó: ¿cómo entró así? y se calló y lo mandó afuera”.

¿Cuál es la enseñanza que nosotros podemos extraer de esta parábola? Con toda verdad, podemos decir que ese banquete es la Santa Eucaristía, a la que todos estamos invitados, pero para participar más plenamente de este banquete es comiendo de la víctima. No nos olvidemos que es un sacrificio de Cristo y antiguamente comer de las carnes inmoladas a los ídolos, era participar de los sacrificios. Es ese el sentido que tiene para todas las culturas y para todas las religiones. Ir a la Misa y no comulgar es como ir a un  banquete y no comer. Lo que pasa es que no podemos recibir al Señor con la conciencia de pecado grave, es decir sin vestido de bodas.

Hay que entrar en gracia de Dios y para eso no es necesario confesarse cada vez que vayamos a comulgar, sino que, si uno tiene conciencia de pecado grave lo lógico es que tenga que confesarse, sino su pecado sería mayor.

- Dice San Pablo en su carta a los Corintios algo muy duro: el que come y bebe del cuerpo y la sangre del Señor sin discernir, sin tener el vestido de bodas, come y bebe su propia condenación. Por eso, si uno tiene conciencia de pecado grave y está en la Misa, no debe comulgar. Lo lógico será que mantengamos el alma limpia, confesándonos con cierta frecuencia. Hay que limpiar el alma con frecuencia y alimentarla con más frecuencia aún.
Vamos a pedir a nuestra madre Santa María que nos enseñe a ser sinceros con nosotros mismos y a descubrir alguna mancha de pecado grave, para limpiar el alma y recibir ese alimento espiritual que es necesario para nuestra vida espiritual.

Que Dios nos bendiga a todos.

+ Juan Antonio Ugarte Pérez
Arzobispo del Cusco
 



 
 
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